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Maria de Lourdes

Victoria

I am a bilingual writer born and raised in Veracruz, Mexico, currently residing in the state of Washington. I write novels, short stories and children’s books. I wrote my first novel, Los Hijos Del Mar (The children of the sea) because I wanted my sons to know their ancestry and to be proud of their heritage. The story, set during the late nineteenth century in México and in Spain, is based on the lives of my ancestors, the Victorias, who made a name for themselves in México’s pharmaceutical industry, and the Muguiras, Spanish immigrants who found success cultivating and trading coffee seeds. The novel weaves both families’ sagas into a shared destiny and their intertwined tales becomes, finally, the love story of my parents. Click here to read a chapter of Los Hijos del Mar.

My second novel, Más allá de la Justicia (Beyond Justice) is a farewell to my former profession as a litigator. Through the first-person narrative of my three characters, I bring my reader into the harsh world of our criminal justice system, the complex lives of the accused, and the people who work, relentlessly, in the pursuit of justice. While the novel is not a memoir, my work as a public defender influenced my writing, and the process became therapy, allowing me to understand how the experience had shaped me. Click here to preview Mas Alla De La Justicia

A number of literary journals have published my short stories. The theme that seems to permeate my prose in that genre is the struggle that Latinos face in the United States. My characters are often working women trying to survive in a country that is not their own. The inspiration for the stories often comes from the people I try to help in my current work as a mediator.

I particularly enjoy writing for children. I find the process uplifting, and a good source of balance, especially when the substance of my adult work is often dark, and daunting. The more I explore and learn about this genre, the more it calls to me, especially when I am around my grandchildren, who are my best, and most devoted audience.

A la fuerza

Todos estamos atentos de la ley anti-inmigrante de Arizona SB1070, y de lo que en breve decidirá la suprema corte del país. A menos de una hora de mi casa se encuentra ubicado el centro de detención de inmigración de Tacoma.

Ahí, en ese edificio sombrío, encarcelan a las personas que están en el proceso de deportación - proceso que puede durar de varios meses a varios años. La edad o salud del “ilegal” no importa. El que no tengan antecedentes criminales tampoco importa. Ni siquiera importa que sus hijos menores sean ciudadanos de este país y los estén esperando en casa…

El tema de la reforma migratoria me deprime al grado que de sólo pensarlo me dan ganas de enroscarme como gato en posición fetal. Lo único que medianamente me rescata de ese sentimiento de impotencia, es escribir estos cuentos que por suerte, se siguen publicando. 

¿Qué piensan ustedes sobre el tema, mis queridos lectores? Entiendo que el asunto es complejo y la respuesta nada fácil... 



Para comenzar el dialogo les comparto este cuento - publicado originalmente en la revista literaria

Nimrod

(2009) y recientemente en la antología del

Seattle University Legal Journal

(2012).  

A la fuerza 

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Ahora por fin comprendo, a mis sesenta y tres años, que mi padre estaba equivocado cuando decía: "A la fuerza ni los zapatos entran, m'hija". Así me advertía de niña, arrullándome en la hamaca, a la sombra del framboyán, al caer la noche. Cansado, tras haberle "dado a la caña" todo el día -a esa mata ingrata que lo doblegaba, quebrándole la espalda y los sueños- a cambio de un puñado de frijoles, ahí, al vaivén de esa hamaca me aconsejaba, a la hora del zancudo.

Hoy, todavía alcanzo a oír su voz gangosa, curtida por tanto aguardiente y tabaco, que al final, de nada le sirvieron: ni uno, ni el otro, lograron sosegar sus tristezas. "A la fuerza ni los zapatos entran, m'hija", susurraba y yo, esa niña que cabeceaba en sus brazos, se lo creía.

Se lo creí hasta los trece años, hasta ese día infame que me llevó a la ciudad y me entregó a aquella familia de ricos, porque después de todo, ya era hora de que me ganara la vida, y porque además, 'aquí no te va a faltar nada, m'hija, aprovecha lo que bien te den estas gentes; ya sabes que a la fuerza..." "Ni los zapatos entran." completé el dicho, porque la voz ya le carraspeaba y los ojos se le inundaban de lluvia. Prometí echarle ganas a mi nueva vida aunque nada me faltaba, que no fuera su olor a humo y a tierra mojada.

Como fue, en esa casa de ricos todo entraba a la fuerza. Los gritos de la doña entraron por no espulgar bien las lentejas, por no desmanchar las pantaletas, por mal lavar los platos y hablar así, como india de rancho. Entraron los empujones de la cocinera, por estorbarle en la cocina, por desordenarle la despensa y por andar de metiche, espiándola, cuando se besuqueaba con el jardinero. Los pellizcos de las hijas malcriadas entraron también, sin censura, por no haberles tendido la cama, por no haberles hecho bien las trenzas o nada más porque no tenían qué hacer y andaban aburridas.

El patrón entró a mi cuarto un día, sin tocar la puerta. Entró borracho y vehemente a enseñarme que a la fuerza, todo sí que entra, ¡claro que entra! Con un solo empujón y con un par de cachetadas. A la fuerza, hasta los zapatos entran. Hasta la zapatilla de la Cenicienta le entra a una india pata-rajada y coqueta, como yo. Y de nada sirve ponerse terca. Más vale cerrar los ojos y aflojar el cuerpo. Lo mejor es aflojarlo todo, sobretodo la conciencia.

Quise hacerle ver su error a mi padre. Viajé descalza, sobre suelas encalladas, hasta mi pueblo, pero llegué tarde. En la hamaca, bajo la sombra del framboyán, lo esperé hasta que cayó la noche. Lo esperé esa noche y muchas otras. Lo esperé hasta que cayeron todas las noches, de golpe, sobre mi cuerpo quebrado. Cuando comenzó la quema, corrí por el manto de cenizas, hurgando los escombros del desierto. Volqué piedras, rascando las cicatrices del fuego, removiendo raíces calcinadas, sin encontrarlo. El rumor empolvado que ceñía mis huellas juró haberlo visto, muerto en algún barranco. Se lo llevó la caña –y el trago- me dijeron. Se lo llevaron a la fuerza, pataleando.

Viajé descalza, una vez más, sobre mis suelas chamuscadas, rumbo al Norte, rastreando aquel puñado de frijoles que tanto eludió a mi padre. Crucé cerros, ríos y fronteras, caminé resuelta, sin más escudo que mi cuerpo taladrado, mismo que con tanta pericia supo filtrar desdichas y esquivar contratiempos. Así pues, llegué intacta al otro lado. Al lado de los valles irrigados. Al huerto de la abundancia. Fue entonces que yo, la mujer perforada, le exigí todo a la vida.

Sí se puede, por supuesto que se puede, ha sido mi lema. Con los ojos cerrados y la conciencia inerte, pero lúcida, he logrado mi quincena, mi techo de ladrillos, una alacena llena y una pila de hijos, y de nietos, que nunca tuve que regalar a nadie. Toda una vida 'le di a la manzana' -fruta ingrata que me ha dejado la espalda encorvada pero mis sueños erectos-. Y hoy, por mucho que me aprisionen estas rejas artificiales, nada detiene mi esencia agujereada. Como arena en coladera, mi vejez se desliza por las rendijas. Ando libre, a mis anchas, por los campos fértiles. Camino descalza, como una Cenicienta morena, oliendo a humo y a tierra mojada que día tras día retomo, con este puño artrítico, a la fuerza.

 

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