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Maria de Lourdes

Victoria

I am a bilingual writer born and raised in Veracruz, Mexico, currently residing in the state of Washington. I write novels, short stories and children’s books. I wrote my first novel, Los Hijos Del Mar (The children of the sea) because I wanted my sons to know their ancestry and to be proud of their heritage. The story, set during the late nineteenth century in México and in Spain, is based on the lives of my ancestors, the Victorias, who made a name for themselves in México’s pharmaceutical industry, and the Muguiras, Spanish immigrants who found success cultivating and trading coffee seeds. The novel weaves both families’ sagas into a shared destiny and their intertwined tales becomes, finally, the love story of my parents. Click here to read a chapter of Los Hijos del Mar.

My second novel, Más allá de la Justicia (Beyond Justice) is a farewell to my former profession as a litigator. Through the first-person narrative of my three characters, I bring my reader into the harsh world of our criminal justice system, the complex lives of the accused, and the people who work, relentlessly, in the pursuit of justice. While the novel is not a memoir, my work as a public defender influenced my writing, and the process became therapy, allowing me to understand how the experience had shaped me. Click here to preview Mas Alla De La Justicia

A number of literary journals have published my short stories. The theme that seems to permeate my prose in that genre is the struggle that Latinos face in the United States. My characters are often working women trying to survive in a country that is not their own. The inspiration for the stories often comes from the people I try to help in my current work as a mediator.

I particularly enjoy writing for children. I find the process uplifting, and a good source of balance, especially when the substance of my adult work is often dark, and daunting. The more I explore and learn about this genre, the more it calls to me, especially when I am around my grandchildren, who are my best, and most devoted audience.

El Batallón de San Patricio (escena de mi ultima novela recién terminada)

El coronel William Harney eligió como escenario de su macabra coreografía el castillo de Chapultepec, sitio de descanso de los emperadoras aztecas. El cielo menstruaba, manchas rojizas ensuciaban el manto pálido de aquel funesto amanecer. Ahí, en lo alto de la cima, los irlandeses del Batallón de San Patricio, capturados en la batalla, aguardaban a que al Coronel diera la orden que acabaría con ese tormento de la espera. Llevaban horas parados en los vagones con sogas atadas a los cuellos.  

            Gabino observó aquel humillante castigo desde las hileras de presos. A media noche los habían sacado de las celdas para que fueran ellos los que empujaran los vagones de los condenados a lo alto del cerro. Eran treinta en total los que serían ahorcados. La tarea de los soldados presos mexicanos, como él, era escoltarlos a su último destino con todo y los vagones.

            Reconoció al irlandés en cuanto lo vio. Supo que era él por su andar autoritario, desafiante. Había en él una furia contenida, un desdén que pintaba su rostro de sarcasmo. Necesitaba hablar con él. Necesitaba agradecerle de alguna manera su sacrificio por la patria, el haberle salvado la vida. Cuando pasó a su lado, Gabino se tropezó a propósito para llamar su atención. Funcionó. El pelirrojo volteó e inmediatamente supo quién era. Se detuvo en seco.

            –¡Busca mi hermana en el hospital San Pedro y San Pablo! –le dijo, alzando la voz–. ¡Busca mi hermana! –repitió.

            El soldado yanqui que lo escoltaba lo calló con la culata de su rifle. El irlandés se dobló en dos, pero se mantuvo en pie. Cuando recuperó el aliento volvió a gritar.

            –Mi hermana Cienne. Es monja. Su nombre es Cienne McDana. Búscala.

            Un segundo golpe lo tiró de rodillas al suelo.

            –¡Cienne McDana! –gritó, con voz carrasposa–. ¡Cuídala!

            Gabino asintió con la cabeza y esto tranquilizó al irlandés. Siguió andando sin mirar al condenado, por temor a que el soldado lo arrancara de las filas y le hiciera olvidar su encomienda a golpes. Al alejarse repitió en silencio aquél nombre extraño para grabarlo en su memoria: Cienne McDana, Cienne McDana, monja… Qué extraño que el Patricio le diera esa encomienda, pensó. ¿Qué le hacía creer al irlandés que él, Gabino, saldría libre de esa prisión? Seguro que el Coronel Harney, el hombre desalmado que vigilaba a los prisioneros, los fusilaría a todos en cuanto terminara de ahorcar a los irlandeses. El hombre no había respetado el proceso establecido por el consejo de guerra. A los irlandeses no les había permitido defenderse durante la pantomima que había sido su juicio. Y por más que habían intercedido las Carmelitas, el Arzobispo, el propio Santa Anna, los diplomáticos del gobierno y las damas de San Ángel, nada ni nadie había conmovido la tremenda decisión: aquellos traidores pagarían por su culpa con la horca.

             El desfile de los condenados hacia los vagones lo llenó de impotencia. Los subieron a golpes y patadas. Una vez arriba, les ataron pies y manos y colocaron la cuerda en sus cuellos. Uno de los vagones estaba vacío. El Coronel recorrió la fila contando a los condenados y al observar el vagón vacío vociferó.

            –Nos falta un colorado.

            El cirujano de la armada dio un paso adelante y se apuró a explicar la ausencia.

            –Lo tenemos en el enfermería, mi coronel. Se le amputaron las piernas.

            Harney no dudo en ordenar:

            –¡Traiga usted a ese hijo de puta! Mis órdenes son colgar a treinta cabrones y ¡por Dios que lo haré!

            La espera se alargó hasta que aparecieron dos soldados arrastrando al enfermo por los sobacos. El hombre aullaba de dolor y en algún momento perdió la conciencia. Lo arrojaron como bulto al vagón y ahí prontamente comenzó a desangrarse. Los presos protestaron ante la brutalidad de aquél acto inhumano que horrorizó a todos, y por ello fueron golpeados. Gabino apenas podía contener el asco hacia el Coronel cuyo exceso de autoridad era indigno de su rango. Algún día te veré morir, maldito gringo, murmuró para sí. Solo por esto seguiré viviendo juró, vehemente, y resolvió escaparse, a como diera lugar. Dos razones tenía ahora para vivir: la primera, ajusticiar al Coronel; la segunda, buscar y cuidar a la hermana del irlandés.

            Bajo una opaca luz empañada por la lluvia los vencedores alzaron la bandera norteamericana en el castillo de Chapultepec. Era el momento que el Coronel había estado esperando para dar su espectáculo macabro. Dio la orden y los vagones se alejaron. Los irlandeses, en un último acto de desafío, vitorearon a México hasta que la horca silenció sus porras. 

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