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Maria de Lourdes

Victoria

I am a bilingual writer born and raised in Veracruz, Mexico, currently residing in the state of Washington. I write novels, short stories and children’s books. I wrote my first novel, Los Hijos Del Mar (The children of the sea) because I wanted my sons to know their ancestry and to be proud of their heritage. The story, set during the late nineteenth century in México and in Spain, is based on the lives of my ancestors, the Victorias, who made a name for themselves in México’s pharmaceutical industry, and the Muguiras, Spanish immigrants who found success cultivating and trading coffee seeds. The novel weaves both families’ sagas into a shared destiny and their intertwined tales becomes, finally, the love story of my parents. Click here to read a chapter of Los Hijos del Mar.

My second novel, Más allá de la Justicia (Beyond Justice) is a farewell to my former profession as a litigator. Through the first-person narrative of my three characters, I bring my reader into the harsh world of our criminal justice system, the complex lives of the accused, and the people who work, relentlessly, in the pursuit of justice. While the novel is not a memoir, my work as a public defender influenced my writing, and the process became therapy, allowing me to understand how the experience had shaped me. Click here to preview Mas Alla De La Justicia

A number of literary journals have published my short stories. The theme that seems to permeate my prose in that genre is the struggle that Latinos face in the United States. My characters are often working women trying to survive in a country that is not their own. The inspiration for the stories often comes from the people I try to help in my current work as a mediator.

I particularly enjoy writing for children. I find the process uplifting, and a good source of balance, especially when the substance of my adult work is often dark, and daunting. The more I explore and learn about this genre, the more it calls to me, especially when I am around my grandchildren, who are my best, and most devoted audience.

Muñecas de Esperanza por Claudia Hernández Ocádiz

Feliz de tener como invitada en mi blog a la escritora Claudia Hernández Ocádiz, integrante de Seattle Escribe y fundadora de Khomparte  http://www.khomparte.com/. 

– ¡Diablos, son tan hermosas que quisiera llevármelas todas!-, exclamo sorprendida, mientras hago cálculos mentales de cuántas podrían caber en mi maleta.

No he podido evitarlo. He quedado cautivada por un sinfín de caritas sonrientes, perfectamente ataviadas con coloridos vestidos a rayas bordados a mano. Sus vaporosas blusas, les cubren los brazos cobrizos por el sol con telas de florecillas de algodón. Rostros radiantes de ilusión, enmarcadas por sus altos tocados de cabello color huizache, delicadamente trenzado con vistosos listones de seda y sus coquetos encajes blancos que evocan la inocencia de sus almas. No puedo escapar a sus tiernas miradas de ojitos negros de capulín y sus boquitas rellenas de carmesí.

Me encuentro parada en uno de los pasillos de un mercado de artesanías en la Ciudad de México. En tanto me decido a preguntar por el precio, un suave murmullo de entusiastas voces capta mi atención. Parece el trinar de alegres pajarillos primaverales. Se trata de dos mujeres hablando animadamente y sin parar mientras sus dedos trenzan con gran agilidad y destreza los tocados de las tradicionales muñecas mexicanas  “de trapo”. No logro entender nada. Uno de los trinos se convierte en una amable sonrisa que me saluda en español.

– ¡Buenos días!, acérquese con confianza marchantita-, me dice ávidamente con esa forma tan coloquial de llamar a las clientas en los mercados mexicanos. Le damos buen precio, señito-, continúa sonriéndome en todo momento. Todas las muñecas están hechas a mano y rellenas de algodón.

-Mire que bien hechecitas están-. Representan a las mujeres de nuestra tierra, me dice; mientras le arregla cuidadosamente el tocado de listones y le esponja los pliegues de las coloridas faldas para presentándomelas una a una, dejándolas suavemente en mis manos. Las hacemos a nuestra imagen, para recordarnos quiénes somos, de dónde vinimos y mantener vivas nuestras memorias, me dijo la marchante sonriendo.

-Tenemos de todos los colores que le agraden, son todas diferentes-, me dice la otra marchante. Solo díganos qué color quiere, nosotras se la buscamos y si no, se las hacemos a su gusto. Me sonrojo ante tanta amabilidad y servicio mientras me pregunto a mí misma:

-¡Ah caray!, ¿cómo es que somos las mujeres de nuestra tierra? ¿y qué chingaos representamos?-, me quedo pensativa.

-Están todas muy bonitas-, le contesto sin vacilar. Si pudiera, me las llevaba todas. Me gustan para hacer unos regalos que representen a México.

Entonces la amable mujer, con la experiencia de sus largas y canas trenzas que caen discretamente sobre su blusa bordada con figuras de flores y aves en azul turquesa; se dirige a su acompañante de trabajo y le comunica algo que me suena a melodiosa armonía pero que sigo sin entender. La segunda mujer se levanta de inmediato del piso donde está sentada y sale apresurada por los bulliciosos y aromáticos pasillos del mercado, dejando los brillantes listones de seda anidados en el suelo esperando a su regreso.

-¡Qué rico platican!, le digo con entusiasmo.  Hasta me dan ganas de entrarle a la charla, solo que no logro entender su idioma-. Entonces ella me sonríe irguiéndose confiadamente como los pavos reales de su atuendo y me dice:

-Yo hablo otomí por parte de mi mamá y un poquito de náhuatl por parte de mi papá, que Dios los tenga a los dos en su santa gloria-, me dice mirando al cielo. -El español lo hablo también, pero un poco menos. Mi familia era muy grande, -¿sabe?-, con muchos hijos y mayor pobreza. No había tiempo de estudiar. En nuestros ayeres, nuestras familias vivían juntas, sembrábamos chile y maíz. Las mujeres nos reuníamos a cantar nuestros cantos otomíes mientras cosíamos muñecas. Yo solo fui a la escuela hasta 1º de primaria. En nuestro pueblo casi todos los hombres se han ido ya. Algunos de ellos en veces regresan, se quedan un tiempo y nos hacen más hijos. Otros no vuelven nunca más, nos dicen que se pierden en el desierto. Nosotras nos manteníamos con el dinerito que nos mandaban nuestros hombres de allá del “Norte”. Un día las cosas cambiaron…mi comadre y yo, junto con nuestros hijos, decidimos venir a la gran ciudad a vender nuestras muñecas. Una prima nos renta un cuartito donde vivimos 10 personas. Mis hijos aquí ya van a la escuela. Nosotras vendemos las muñecas de trapo de día y cosemos por las noches. En nuestro pueblo, las tierras se han ido quedando secas, sin vida, ya casi nadie las siembra, no hay mucho que cosechar. No hay agua para regarlas, y cuando hay, los señores de la autoridad la desvían para sus tierras y solo las dejan correr si les pagamos dinero que no tenemos o les hacemos “favores”. Tenemos hijas – ¿sabe?- y no queremos hacer de esos “favores”, estamos cansadas de que nos humillen y traspasen nuestros cuerpos para saciar en ellos su desprecio. Nosotras solo sabemos y queremos hacer muñecas. El otomí, el náhuatl y las muñecas representan lo que somos, nuestra fuerza, lo que nos queda y lo que sabemos. Es la herencia que nos dejaron nuestros “Tatas”, – me dice –refiriéndose a sus antepasados,  mientras suspira con nostalgia y desvía la mirada hacia el suelo.

En eso, la otra mujer regresa con una gran bolsa de tela de manta color crudo. De su interior salen  decenas de muñecas que van colocando una a una ante mi asombro.

-Escójalas con confianza, las que le agraden. ¿A dónde dice que las va a regalar?-, me pregunta con risueña curiosidad.

– Las llevo a conocer otras culturas-, le contesto. Deseo llevarlas conmigo para que a través de ellas pueda dar a conocer tu fuerza, tu creatividad, tu arte, la bondad de tu alma y tu cultura otomí, pero también la mexicana-. Luego, tomando una muñeca y mirándole a los ojos le digo:

– Al igual que tú, yo también tuve razones por las que decidí dejar mi tierra. Me fui a un lugar donde no hablan el mismo idioma que yo, y ¿te confieso una cosa? Muchas veces no les entiendo, aun cuando he tenido que aprender su idioma.   Tú y yo nos parecemos no solo por ser mujeres mexicanas; al igual que tú, yo también tengo una invaluable herencia; la mía la conforman  la enseñanza y el amor de mis padres, la riqueza de mi idioma que es el español, el amor a mi tierra y a mi cultura, así  como el saber que mujeres aguerridas como tú, mantienen nuestras raíces vivas a través de la elaboración de artesanías transmitidas de generación en generación. Es por eso que te admiro por lo que sabes y lo que transmites, mientras le guiño un ojo, sellando nuestro voto de confianza mutua-. Ella entonces deja las muñecas y me abraza. Un sentimiento recíproco nos une: la añoranza por nuestras raíces.

– Me caes bien, marchantita- me dice. -Yo también te quiero decir una cosa de aquí de mis adentros, señalándose el pecho con ambas manos. Cada una de estas muñecas que ves aquí, las hacemos a nuestra imagen para recordarnos quiénes somos, de dónde vinimos  y para que mantengamos vivas nuestras raíces.  Día tras día, yo escojo sus colores, las relleno con la pureza del algodón y las coso cuidadosamente, porque llevan en su alma un pedacito de mí y de mis tatas. Cada una de ellas es única y lleva la ilusión de viajar por el mundo, la ilusión de aprender los idiomas que yo no aprendí, pero también con la ilusión de que muestren con orgullo de dónde provienen.  ¿Quién sabe? continúa pensativa, quizá alguna de estas muñecas  encuentre los restos de mi esposo que quedaron secos en algún lugar en su camino al país del “norte” y le digan que aún lo espero y lo perdono por habernos dejado a merced de otros hombres. Con la ilusión de que encuentre a mis hijos mayores que también partieron en búsqueda de mi esposo y  que aún no han regresado-. Su voz se quiebra y su mirada se nubla.

No me puedo contener. Gruesas lágrimas salen desbordadas rodando por mis mejillas. Ella, en cambio, permanece erguida, regia, con una entereza inquebrantable y con el aplomo de la sangre que lleva en las venas de una cultura que ha sobrevivido y enfrentado toda clase de adversidades. Su mirada refleja la certeza de que su esperanza algún día se convierta en realidad. Esta vez siento envidia,  pero también admiración de su temple y gallardía.

Una vez que me seco  las lágrimas, escojo y pago las muñecas que llevo en mi travesía con la importante misión de cumplir con la ilusión de su creadora.

-Y a todo esto,  ¿cómo te llamas?– le pregunto, mientras le abrazo cálidamente, esperando que al contacto con sus hombros,  me transmita  algo de su gran fortaleza y de la nobleza de su corazón.

– Mi nombre es Esperanza, me contesta con una sonrisa franca,  bañada de profundos anhelos reflejados en las curtidas arrugas de su rostro.

Cuando recibas o adquieras una de estas muñecas,  acéptala, abrázala y dale un nombre. Ella en cambio, te ofrecerá a manos llenas ilusión, fortaleza, confianza y el amor a sus raíces: porque en su alma lleva un pedacito de la ilusión de Esperanza.

Ciudad de México julio del 2015.

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