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Maria de Lourdes

Victoria

I am a bilingual writer born and raised in Veracruz, Mexico, currently residing in the state of Washington. I write novels, short stories and children’s books. I wrote my first novel, Los Hijos Del Mar (The children of the sea) because I wanted my sons to know their ancestry and to be proud of their heritage. The story, set during the late nineteenth century in México and in Spain, is based on the lives of my ancestors, the Victorias, who made a name for themselves in México’s pharmaceutical industry, and the Muguiras, Spanish immigrants who found success cultivating and trading coffee seeds. The novel weaves both families’ sagas into a shared destiny and their intertwined tales becomes, finally, the love story of my parents. Click here to read a chapter of Los Hijos del Mar.

My second novel, Más allá de la Justicia (Beyond Justice) is a farewell to my former profession as a litigator. Through the first-person narrative of my three characters, I bring my reader into the harsh world of our criminal justice system, the complex lives of the accused, and the people who work, relentlessly, in the pursuit of justice. While the novel is not a memoir, my work as a public defender influenced my writing, and the process became therapy, allowing me to understand how the experience had shaped me. Click here to preview Mas Alla De La Justicia

A number of literary journals have published my short stories. The theme that seems to permeate my prose in that genre is the struggle that Latinos face in the United States. My characters are often working women trying to survive in a country that is not their own. The inspiration for the stories often comes from the people I try to help in my current work as a mediator.

I particularly enjoy writing for children. I find the process uplifting, and a good source of balance, especially when the substance of my adult work is often dark, and daunting. The more I explore and learn about this genre, the more it calls to me, especially when I am around my grandchildren, who are my best, and most devoted audience.

Sin Reyes Magos

Sin Reyes Magos

(Un capitulo de la novela Los Hijos del Mar)

 

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Los Reyes Magos llegaron y se fueron sin dejarme ningún regalo. Debajo del árbol reseco de Navidad, que las tías-abuelas, Josefa y Toña, decoraron con cadenas de papel de china de muchos colores y con palomitas rancias y aguadas, aparecen sólo los regalos de mis hermanas Pili y Noris. Las tías buscan por toda la casa los juguetes que deberían tener mi nombre y que juraron haber visto a medianoche cuando se pararon a orinar. Pero nada. No aparecen ni debajo del sofá, ni de las camas, ni en el cuarto de las muchachas y tampoco adentro del buró, donde las tías guardan sus ajuares que nunca usaron porque nomás no sirven para encontrar nada, ni regalos ni maridos.

En medio de la sala que huele a viejo me suelto a chillar sin consuelo.

—Pos no es pa’ menos —opina Chola, la muchacha de la casa—, con lo mal que se porta esta chamaca. Sólo ella sabe qué pecado mortal habrá cometido. ¿Así cómo espera que los Magos le traigan nada?

Chillo con más ganas.

—Cállese usted, Chola —ordena la tía—. En esta casa los Reyes Magos siempre les traen regalos a todas las niñas. Además, Lourditas no está en edad de cometer ningún pecado mortal. Ándele, ayúdenos a buscar.

Despreocupada, Chola levanta la tapa del basurero apestoso, lleno de moscas, al cual ningún Rey Mago se hubiese acercado ni por equivocación. Chola tiene veinte años y trabaja, no por necesidad, insiste, sino porque quiere. En su pueblo tiene un hombre que tranquilamente dejaría a su mujer y le pondría una casa bien puesta, si tan sólo se lo pidiera. Pero no se lo pide porque ella ya se «halló» con las tías y «pos ya no me da la gana irme». Además, explica a quien se lo pregunta, «ahí que le lave los calzones cagados su vieja», porque ella no va a andar de criada de ningún hombre, por mucho que tenga coche y ande de corbata.

—Pos si viera usté, doñita, qué diferentes son los Reyes Magos de mi pueblo —comenta, sin callarse—. Ahí sí, nomás les traen juguetes a las chamacas buenas. ¿O será, oiga, que en mi pueblo hasta los Reyes Magos son pobres y pos nomás no les alcanza pal repartidero?

—Está usted confundida, Chola —le asegura la tía, buscando adentro del clóset de los blancos—. Usted está pensando en Santa Claus, y ése sí puede darse el lujo de llevar la cuenta de cuál niño se porta bien y cuál no.

Las tías siguen buscando y después de un buen rato se rinden. La tía Josefa se sienta con cuidado en el sofá de terciopelo verde y, soplándose la cara con su pañuelo desteñido, sube las piernas hinchadas en la mesita de la sala. Su hermana se sirve un vaso de jerez con hielo, se suelta el brassiere y se sienta a acompañarla. Jadeando y sudorosas, adentro de sus batotas de algodón, me jalan y me sientan entre las dos, apachurrándome con sus abrazos gordos que no logran consolarme.

—Ya, niña. Ya verás que sí aparecen.

No sé por qué nos mandaron a pasar los Reyes Magos con estas tías. Estábamos contentos en Veracruz esperado la Navidad, cuando alguien decidió que a papá Licho le sería más fácil pasar esos días difíciles del aniversario de la muerte de nuestra madre sin tener que consolar a tanto chamaco. Y sin pedir nuestra opinión, nos separaron. A mis hermanos Talí y Manolo los mandaron con la tía Cris al rancho y a nosotras nos treparon en un tren, rumbo a la casa de las tías-abuelas.

Lloro. Quiero estar con mi papá Licho, pero con el Licho de antes, el que camina solito y no al hombre flaco que a cada rato se tropieza. No quiero estar lo con estas tías-abuelas que viven en una casa que apesta a viejo. Pero más que nada quiero que los Reyes Magos se den cuenta que olvidaron darme mis juguetes y que regresen, aunque tenga que verlos a plena luz del día y por ello ya no vuelvan a dejarme juguetes nunca más.

—Ya, niña, no llores —me consuelan.

Fui la primera en despertarme y a pesar del ruido de mis lloriqueos, mis hermanas duermen en el cuarto de los invitados. Por fin, Pili se despierta y entra en la sala embarrándose las lagañas en los cachetes. Se acerca, besa a las tías sin ganas y se va derechito al árbol a abrir sus regalos. Entonces me ve llorando.

—¿Por qué chillas?

—No aparecen los regalos que le trajeron los Reyes a tu hermana —se apura a contestar la tía.

Pili examina los regalos y pone los suyos a un lado sin abrirlos.

—¿Y por qué no le trajeron nada los Reyes Magos?

 Como las tías no contestan, Chola le explica:

—Lo que pasa es que Melchor, Gaspar y Baltasar están requete viejos y pos se les olvidó.

—Claro que no —alega Pili, abriendo sus crayones nuevos. No están tan viejos.

Me pone los colores nuevos enfrente y me da una hoja de su libro de colorear. Tiene una foto de Cenicienta. De puro coraje, le pinto el pelo de morado.

—Reteque viejos —insiste Chola.

—¿Verdad que no? —pregunta a las tías—. A ver, si estuvieran tan viejos, ¿cómo es que pueden encaramarse a un caballo, a un camello o, peor tantito, a un elefante? Además —agrega—, son magos. Y a ningún mago, ni siquiera al mago Merlín que está mucho más viejo, se le olvidaría nada. Para eso tienen su varita mágica. Cuando algo se les olvida, o se les pierde, sólo mueven la vara y ¡ya! ¡Abracadabra! Ahí está.

Chola deja de poner la mesa, va directamente a la mesita en donde las tías-abuelas pusieron el nacimiento, agarra las figuras de barro de los tres Reyes Magos y se las enseña a Pili.

—A ver, pues. ¿Dónde están las varas?

Mi hermana examina las figuras. Melchor está manco y Baltasar, despintado, parece un moro albino con barba blanca.

—Ay, qué ignorante eres, Chola —le dice, regresándoselas—. ¿No estás oyendo que son reyes?

—¿Y qué?

—¿Has visto algún día a un rey cargar algo?

—Pos no me he topado con ningún rey últimamente.

—Se nota. Para que sepas los reyes tienen mozos y ellos cargan todo, hasta las varas mágicas. Eres una boba.

—¡Pili! —la regaña la tía Josefa—. Gracias a Dios que no vive tu madre para oírte hablar a la gente de esa manera. De los labios de una dama sólo salen palabras bellas, muchachita. Pídale a Chola una disculpa. ‘Orita mismo.

—Perdón —dice, sin remordimiento—, pero a los Reyes no se les olvidó nada. Lo más seguro es que entró un ladrón a medianoche y se robó los juguetes.

Vuelvo a llorar. Las tías me dan un dulce de mazapán pero yo no lo toco. Me dan una cocada y la aviento al suelo. Pero sé que es pecado tirar la comida al piso, así es que me arrepiento y la recojo. Las tías prometen llevarme al centro a comprarme una muñeca nueva, en cuando abran las tiendas. Pero yo no quiero una muñeca, yo lo que quiero es irme a México, quiero a mi a mi papá Licho. Entonces las tías deciden que no hay más remedio, Pili y Noris tendrán que compartir uno de sus juguetes y para que decidan cuál mandan a despertar a Noris.

En la recámara a Noris está en la cama tapada hasta la cabeza. Pili le arrebata la sábana y le grita en la oreja.

—Despiértate, que ya llegaron los Reyes y no le trajeron nada a Lourdes.

Noris no se mueve. Pili la jalonea pero ella no se despierta. La jala otra vez y nada. Le metemos la punta de la sábana en la boca que tiene abiertota pero tampoco. No se mueve. Espantadas, corremos a avisarles a las tías que Noris está muerta. Las tías llegan corriendo y descubren a mi hermana en medio de un charco de orina. Las tías se calman, se sientan junto a ella y nos explican que no está muerta porque los muertos de verdad no se hacen chis en la cama. De ahí le ordenan a Noris que se levante en ese instante. Pero la meona no se mueve. Las tías la menean de aquí para acá pero aquella sigue igual de tiesa y con los ojos apretados. Chola las ayuda a cargarla y entre todas la sientan en una mecedora. Noris sigue con los ojos cerrados.

—Vamos a ver qué tan dormida está —dice la tía y empuja el respaldo de la silla mecedora hacia adelante. Justo antes de irse de trompa al piso la muerta se entiesa y se detiene. La tía empuja el respaldo otra vez y Noris de nuevo se entiesa y se salva. Pili y yo nos carcajeamos y al instante Noris resucita y se nos abalanza repartiendo trancazos.

—¡Ah! Ya regresó la muertita del infierno —exclama Chola divertida—. Y miren nomás que bien aprendió a dar madrazos con los diablitos.

En el lavadero de la azotea mi hermana Noris se pasa la tarde lavando la sábana orinada. No está castigada por mearse en la cama ni por pegarnos, sino por esconder debajo de su cama los regalos que los Reyes Magos me trajeron. Los escondió, explicó a las tías, porque soy una envidiosa que no le quise prestar mi vestido rojo de crinolina. Y además, porque la abuela siempre me compra vestidos y nunca le compra uno a ella, y eso no es justo.

Mientras la niña ladrona de regalos talla la sábana meada con jabón de pan, sus hermanas la esperan, sin tocar sus juguetes nuevos. Aburridísimas desean, más que nada, poder jugar con ella y con las burbujas que de repente brincan del lavadero.

 

 

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