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Maria de Lourdes

Victoria

I am a bilingual writer born and raised in Veracruz, Mexico, currently residing in the state of Washington. I write novels, short stories and children’s books. I wrote my first novel, Los Hijos Del Mar (The children of the sea) because I wanted my sons to know their ancestry and to be proud of their heritage. The story, set during the late nineteenth century in México and in Spain, is based on the lives of my ancestors, the Victorias, who made a name for themselves in México’s pharmaceutical industry, and the Muguiras, Spanish immigrants who found success cultivating and trading coffee seeds. The novel weaves both families’ sagas into a shared destiny and their intertwined tales becomes, finally, the love story of my parents. Click here to read a chapter of Los Hijos del Mar.

My second novel, Más allá de la Justicia (Beyond Justice) is a farewell to my former profession as a litigator. Through the first-person narrative of my three characters, I bring my reader into the harsh world of our criminal justice system, the complex lives of the accused, and the people who work, relentlessly, in the pursuit of justice. While the novel is not a memoir, my work as a public defender influenced my writing, and the process became therapy, allowing me to understand how the experience had shaped me. Click here to preview Mas Alla De La Justicia

A number of literary journals have published my short stories. The theme that seems to permeate my prose in that genre is the struggle that Latinos face in the United States. My characters are often working women trying to survive in a country that is not their own. The inspiration for the stories often comes from the people I try to help in my current work as a mediator.

I particularly enjoy writing for children. I find the process uplifting, and a good source of balance, especially when the substance of my adult work is often dark, and daunting. The more I explore and learn about this genre, the more it calls to me, especially when I am around my grandchildren, who are my best, and most devoted audience.

Un año termina y otro comienza

 

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En mi patria se acostumbra quemar al “año viejo”. La “quema del viejo” consiste en elaborar un monigote con ropa vieja, cartón o papel, que se rellena de paja o aserrín (a veces con artefactos pirotécnicos) y se quema en público el 31 de diciembre, justo cuando suenan las doce campanadas. Por lo general, los muñecos son figuras políticas o temas que representan las cosas malas que queremos que se lleve el “año viejo”.  La costumbre, arraigada en varios países de Latinoamérica, es un modo de purificación para alejar la “mala suerte” y recibir al año nuevo “limpiecitos”.

En mi amado puerto de Veracruz los indígenas mixe-popolucas realizan una danza que es conocida con el nombre de "El Chenu". Ese es el nombre que le dan al monigote. Los danzantes son niños disfrazados de diablos con ropa de color rojo, máscaras con cuernos, cola y un tenedor largo construido de madera. Algunos participantes se disfrazan de “viudas”, vestidas de negro y semejando estar embarazadas. Su papel es plañir estribillos y llorar a la hora en que se quema el Chenu.

Hace algunos años me tocó ver la quema en Veracruz. El “viejo” no era un muñeco sino que eran dos, y representaban nada menos que a Bill Clinton y a Mónica Lewinski. Los monigotes estaban entrelazados en una posición que seguro se pueden imaginar...basta decir que no era apropiada para ojos inocentes. La quema aconteció en el mero zócalo de la ciudad.

Confieso que a mí nunca me gustó la quema del viejo. Sobre todo de niña, aquél linchamiento público de ancianitos (que me aunque fueran de papel me inspiraban ternura) me provocaba pesadillas. ¿Qué necesidad había de achicharrar a los pobres abuelitos? La justificación de que había que espantar “la mala suerte” no me convencía; las superstición era un concepto ajeno a mi niñez. Los adultos en mi vida me habían enseñado que las tragedias no como un producto de la “mala suerte” sino de la voluntad de Dios.

Hoy comprendo que la tradición tiene mucho que ver con el círculo de la vida. Los viejos mueren y los niños nacen. Este año me tocó darle la bienvenida al más pequeño de mis nietos, y también me tocó despedirme de mi padre. Si hay algo que aprendí desde ese lugar entre la dicha y la tristeza es que la transición al comienzo y al final de la vida es un proceso muy parecido. Tanto los ancianos como los niños usan pañales, comen papillas, duermen todo el día, se caen de la cama, usan andaderas y se comunican con gestos, o con lágrimas… Ambos requieren paciencia y aplausos. Ambos necesitan comprensión y mucho amor.  

Por eso, si en mí estuviera hacer tradiciones, yo no quemaría al viejo sino que le haría una gran fiesta de despedida para darle las gracias por todas las bendiciones y la sabiduría impartida. Le haría una balsa de oraciones, lo envolvería amorosamente en una cobija de abrazos y lo echaría a mi mar de Veracruz, como Moisés en su cesta, para que las olas se lo llevaran y volviera a nacer en algún lugar donde nadie envejece.   

Pero díganme mis queridos lectores ¿cómo despiden ustedes al año viejo?

Y cualquiera que sean sus tradiciones, les deseo una muy feliz despedida al 2013 y un próspero año nuevo.

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