Les comparto la entrevista que me hizo Any Cazaux para la revista Firma cuando presenté mi novela en el Puerto de Veracruz.
Presionada por promover en sus hijos el orgullo de sus raíces mexicanas, Lourdes Victoria Muguira se embarcó en un reto de inimaginables proporciones que la convirtió en escritora. En su primera novela, Les dejo el mar, plasma la historia familiar a través de los relatos de su padre y los recuerdos de algunos de sus parientes. En Más allá de la justicia, su segundo trabajo novelístico, da cuenta del sistema penal norteamericano en la visión de tres mujeres actuales. También es autora de cuentos cortos e infantiles.
Recién presentó Les dejo el mar en el puerto de Veracruz, con una buena
asistencia y una mejor acogida para la obra. Aunque luce como una mujer mesurada,
se le trasluce aún la emoción por la ocasión. Nos recibe en la terraza de su apartamento donde
la magnífica vista hacia el Golfo de México da el marco perfecto para nuestra charla.
LOS HIJOS DEL MAR
Parte del dilema de publicar o ser escritor es saber si la historia que se cuenta es buena. "Creo que todos tenemos una historia importante que contar, el chiste está en saber hacerlo. Yo escribo desde la infancia, pero la decision de publicar mi trabajo llegó porque vivimos fuera de México y mis hijos, en el apogeo de su adolescencia, estaban un poco fuera de su identidad, no sabían bien de dónde venían. Me di cuenta de que debía hacer algo, sobre todo porque viviendo en Estados Unidos, un país de bastantes prejuicios, era importante que ellos sintieran ese orgullo que yo siento por mis orígenes. Llamé a mi papá y le dije: Ayúdame a contar la historia de los abuelitos. Nos sentamos y ¡la gozamos! Escribí el primer capítulo, le platiqué a mi hermano Neftalí y mi hermana Pilar lo mandó a una editorial, de repente me llegó un aviso con carácter de urgente, querían el resto de la novela, sólo que el resto de la novella no existía".
» ¿Desde cuándo vives en Estados Unidos?
A los 17 años, mi papá consideró que yo debía aprender inglés, entonces fui a Estados Unidos por un año a vivir con una familia. Estando en Seatle, Washington, conocí a quien es actualmente mi marido y nos enamoramos. Nos casamos y nos establecimos allá, tenía 19 años. Entré a la universidad a estudiar Literatura Inglesa y Narración Creativa. Fue una carrera muy larga porque la hice en el tiempo que le podía robar a la crianza de mis hijos; cuando cumplieron 8 y 9 años estudié la carrera de Derecho.
Dar click aqui para leer toda la entrevista.
No sé ustedes, pero por mi parte estoy FELIZ de que no se acabó el mundo. Todavía lo sigo celebrando, en silencio, porque se supone que la "gente educada" no debe ser supersticiosa. Ahora ya lo saben: las monjas no me educaron bien.
Les cuento que el 21 de Diciembre, a media noche, pensé que sí, que se cumplía la profecía de los Mayas, y que nos íbamos toditos juntos a la "siguiente aventura". Estaba en California, a donde fui a pasar la Navidad con mis nietos. De repente, por ahí de las dos de la mañana, se desató una tormenta de aquellas que sólo se dan en mi amado puerto de Veracruz, con todo y truenos y relámpagos. En vez de lluvia, un bombardeo de granizos enormes, más grandes que los limones que se dan por esa región, comenzó a estremecer el techo. Y ahí, entre Padres Nuestros y Aves Marías, me flageaba mentalmente por no haber cumplido mis propósitos el último año en mi vida. ¡Qué falta de disciplina! me sermoneaba, retorciéndome bajo las sábanas. ¡Qué poca que aún sabiendo que era mi última oportunidad de cumplir, no me discipliné, ni siquiera con la lista tan pequeña que me había plateado.
Aquí tienen el enlace que enumera esos propósitos en este mismo blog. Se los resumo:
1. Buscar a Dios con renovado esfuerzo
2. Convivir más con mis seres queridos
3. Apreciar y compartir la abundancia de mi entorno
4. Mejorar mi escritura escribiendo
Foto: Patricia RamosConfieso:
Fallé miserablemente en mi primer propósito. Si no mal recuerdo (y últimamente siempre recuerdo mal), creo que fui a misa sólo los dos primeros meses. De ahí, me sobraron pretextos para no ir: tenía que ordenar algún closet; ponerme al tanto con los emails; hacer el super, pagar cuentas, y todo lo demás, sobre todo eso "todo lo demás". Quizás el problema fue ese, pensar que encontraría a Dios en su Sagrada Casa. Durante la misa de nochebuena (a la que sí asistí) el mensaje cariñoso del Padre Petriamónico, un italiano que habla el español con acento de Al Capone, nos recordó que Dios está en cada uno de nosotros y que por eso hay que buscarlo en nuestro semejantes. Por eso, he decidido que ese será mi primer propósito en el 2013 – buscar a Dios en la calle – en cada uno de ustedes. Atenta solicitud: por favor no me lo escondan...
VeracruzEl segundo propósito sí que lo cumplí. Ampliamente. Aproveché cada oportunidad que se me presentó para convivir con mis seres queridos. Les comparto algunos de los acontecimientos que me tocó disfrutar: la graduación de mi hijo – el que está en la Navy –, la visita de mi familia jarocha, el inolvidable viaje con mis hermanas a NY, la petit reunión de familia durante el día de Gracias, el viaje a Veracruz a ver a mis padres y a presentar mi segunda novela, y lo mejor, el nacimiento de mi primera nieta, Josie, princesa entre sus cuatro primos y hermanos.
¡Tanto que agradecer!
El tercer propósito me llevará toda una vida cumplirlo. Temo que tendré que trasladado de lista en lista, año con año, hasta día del segundo advenimiento. Soy tan afortunada y sin embargo ¡cómo me quejo! A todos ustedes que tuvieron que sufrir mis rebuznos les pido una disculpa. Perdón, perdón. Me queda claro que el agradecer la abundancia implica (1) darse cuenta de todo lo que tenemos en exceso y (2) el deseo de querer vivir con menos. Esto último no ha sido problema: he superado la etapa de la "adquisición" y ahora las cosas materiales me pesan. Ahora, el único peso que quiero cargar son los cuerpecitos de mis nietos, lo demás, me sobra. Por eso, el 2012 fue el año de los despojos: vendí casa, muebles, ropa, bicicleta, libros (ok, traté de vender libros), y chucherías. Me deshice hasta de mi vestido favorito: mi vestido de jarocha de Tlacotalpan. Lo que no vendí, lo regalé. Ayer, una amiga me mandó la foto de mi sofá en su sala. Ahí se ve muy bien. Mi hermana está feliz con mis aretes de conchitas. Hasta mi suegra heredó – un cuadro que siempre le había gustado. En Navidad le entregué a mis hijos dos cajas enormes con todos los recuerdos de cuando eran pequeños. Me quedé sólo con sus fotos, y con las cartitas de amor que solían escribirme en San Valentín, y el día de las madres, hasta que se entrometieron las hormonas y los convirtió en un par de peludos apestosos. Empaqué, y me llevo a mi nueva casa – que en realidad es viejita, pero muy mona y pequeña–solo lo esencial: 15 cajas en total. Diez con mi colección de libros en español. Una con mi computadora con todos sus cordones electrónicos. Segunda atenta solicitud: cuando se me llegue la hora de mi transición por favor arrójenla conmigo a la hoguera.
En cuanto al último propósito, no sé si mejoré en mi escritura, ya me dirán ustedes, mis queridos lectores. Por mi parte, estoy contenta con mi esfuerzo, y con todo lo que aprendí y compartí. Resolví, ante nada, ponerme al tanto con la tecnología. Con la ayuda de mi hijo mayor estrené mi página web. Una chica extraordinaria me ayudó a comenzar este blog. Abrí una cuenta en FB y twiitter, coloqué mis dos novelas en Amazon y las publiqué como ebooks. Mi editora favorita (mi hermana mayor) me ayudó a colocar varios cuentos en Revistas Literarias. Colaboré con una sobrina en un cuentito infantil que publicaremos este año; conseguí una agente literaria y la mejor publicista, a quien tengo que recomendar, Patricia Ramos. Con su ayuda, organizamos presentaciones de la segunda novela en Veracruz, San Francisco, la Universidad de Washington, La Biblioteca de Seattle y otros lados. Al final, la novela se llevó "honorary mentions" en la International Latino Book Awards. Quedo contenta. En cuanto a los talleres, compartí todo lo que sé en Centrum, Hedgebrook, y con mi grupo de estudiantes fenomenal. Pero definitivamente, lo mejor de este propósito, fue el viaje inolvidable con mis hermanas a la Gran Manzana. Aquí tienen el enlace si les interese leer esa reseña
Quizás por hábito, o porque me da por torturarme, no puedo dejar pasar este mes de Enero, mes de mi cumpleaños, por cierto, sin darme otra oportunidad de cumplir mis propósitos. Ahora que sé que (lo más seguro) es que contamos con más de doce meses para cumplirlos ¿cuáles son los propósitos para el 2013?
Melpomene y Polyhymnia, Palacio de Bellas Artes, Mexico. Alberto Real¡Ay! Tengo tantos proyectos y tantas aventuras planeadas que compartir – talleres, retiros para escritores en mi bella patria – intercambios virtuales. Los detalles se los mandaré en breve en mi boletín (newsletter). Si no quieren perdérselo, aquí pueden solicitarlo, pero desde ahora les comparto que el 2013 ha sido oficialmente declarado:
"El año de la Musa" y nuestro tema "La Musa en mí".
Con ese tema, mi planteamientos, siguen siendo solamente cuatro:
1. Buscar a Dios – y a la Musa - en la calle
y en cada uno de ustedes
2. Seguir gozando a mis seres queridos
3. Volverme todavía más pequeña – hasta que lo único que quede de mí sean mis letras.
4. Escribir más y más y presentar SIN FALTA la siguiente novela
Me siento sumamente agradecida con todos y cada uno de ustedes por todas las muestras de cariño que recibí en el 2012, sus emails, sus llamadas, sus comentarios en el blog, FB y twitter, sus invitaciones a participar lecturas, y talleres, y tantas actividades literarias que esculpen mi ser.
Espero y de verdad les deseo que el 2013 sea un año de salud física y espiritual, de amor, y de éxito en cualquiera que sean sus metas y objetivos de vida.
Que la Musa esté con ustedes,
Para cerrar el 2012 pasamos a la poesía, que es el tema del taller que recientemente enseñé en Hedgebrook "Encontrando inspiración en la poesía de mujeres Latinoamericanas" ¡Que maravillosa experiencia! Nada más delicioso que leer a "Las Grandes" Gabriela Mistral, Rosario Castellanos, Adela Prado y Teresa Calderón (entre otras). Y así, después de aprender sobre sus vidas, leímos sus obras, e identificamos temas que incorporamos en nuestra propia narración.
Uno de los temas de Gabriela Mistral fué la niñez y la decepción enorme por no haber sido madre. Y así, en su poemario titulado "Ternura" (Tenderness) escuchamos su lamento por la maternidad no lograda, y su preocupación por los niños en general. En honor a Gabriela aquí tienen el poema de Dorotea Morales quien apenas hace unos meses ingresó a la sociedad más dichosa de este mundo: la sociedad de las abuelas. ¡Felicidades Dorotea!

Ameia
(mi nieta nacida el 24 de Septiembre)
Me la dio la enfermera, envuelta en varias cobijas.
Su carita sonrosada
Y su piel muy calientita.
La bese varias veces
Pero solo en su gorrita.
Tenía sus ojitos cerrados
Me parecía que dormía.
Su cuerpo tan pequeñito
Llenó de calor mi corazón.
Le quise hablar,
Pero mi voz se me cortó.
Mis lágrimas la mojaron
Y entonces se despertó.
"No llores niña querida,
Tesoro de mi corazón,
Si quieres te puedo cantar una canción"
¿Cómo describir lo que siento?
¿Cómo se describe el amor?
Se puede llorar de alegría,
Pero también de dolor.
En este caso estaba segura,
Mi alegría era superior.
¿Y en donde esta mi hija?
¿Quién se la llevo?
"No te preocupes madre,
Que el sol ya salió"
¡Todo está perfecto!
El doctor ya terminó.
Tu hija tiene a su hija,
Y al fin,
¡Tú las tienes a las dos!
Dorotea M. E. Noviembre, 2012
Sobre la autora: Dorotea Morales nació en la ciudad de México, D.F. Ha sido canciller en la embajada de México en Tokio y en el consulado de México en Seattle. Actualmente colabora con las escuelas públicas de Seattle. Desde que ingresó a las escuelas, escribe poemas dedicados a todos los niños que han impactado su vida. También escribe canciones.
Esta semana toca el turno de Patty Carrión, veracruzana, empresaria, músico quien está altamente involucrada en la filantropía en el estado de Washington. Dentro de sus pasiones está el comunicar sus historias a través de su blog "Patty's Utopia" y de las redes sociales.
Esta es la imagen que le dimos a Patty y que inspiró su cuento:
Una conexión como ninguna.
Por Patricia Carrión
Era una mañana de primavera. Alicia, como todos los días, se dirigía a su trabajo como maestra de música. En el camino, hizo lo que solía hacer: soñar con viajar por el mundo. Sin embargo, a sus casi 25 años de edad, ese sueño parecía ya casi imposible. Había cosas más importantes que atender.
Al terminar su día laboral, de regreso a casa, su teléfono comenzó a sonar. Presionó el botón y contestó. Una voz masculina habló en el auricular:
- Alicia. ¿En dónde estás? – Preguntó la voz.
- Estoy llegando a casa y a punto de acostarme – contestó.
- ¿A punto de acostarte? ¡Pero si son sólo las 11 de la noche! – exclamó él.
- Ya sé. Pero estoy muy cansada. Quiero dormir.
- Muy bien. Entonces hablaremos mañana.
Alicia colgó el teléfono y se quedó pensando un buen rato. Conocía esa voz muy bien. Era la voz de su papá, pero... ¿Por qué le estaba llamando a esas horas de la noche?
Después de mucho pensar y no resolver nada, intentó conciliar el sueño. Contó y contó ovejitas tratando de quedarse dormida. Cerca de la madrugada, finalmente se quedó dormida.
Entre Alicia y su padre existía una conexión muy especial. Por alguna razón, él parecía saber cuando ella tenía algún problema. Era tan fuerte y extraño el vínculo que a otras personas les asustaba.
A la mañana siguiente, Alicia se despertó, sintiéndose contrariada. Le entristecía pensar que su papá sabía que algo la tenía molesta, pero al mismo tiempo, le alegraba saber que podía contar con él en todo momento.
Durante el día, Alicia continuó con su rutina. Dar clases, ir de compras, estudiar, y de regreso a casa. Apenas cerró la puerta el teléfono volvió a sonar.
Alicia metió la mano en su bolso, pero en lugar de encontrar su teléfono, encontró el dije con un escarabajo que le había regalado su amiga de la infancia. Amiga que tuvo que retornar a su país de origen en donde vive esa especie rara de escarabajos. Alicia le había prometido que algún día la visitaría. Sacó el dije de la bolsa y lo colocó sobre una mesita.
- ¡Ay! ¡Maldito celular! ¿En dónde te has metido? – gritó.
Cuando finalmente lo encontró, contestó:
- ¿Bueno?
- Hola mi niña –. Dijo la voz masculina del otro lado del auricular.
- Hola papá. Perdón por no platicar anoche pero estaba muy cansada. ¿Qué es lo que pasa? ¿Está todo bien?.
- Si, todo y todos están bien. Llamo porque estoy preocupado por ti Alicia.
- ¿Preocupado por mi? Papá, yo estoy muy bien. No hay de que preocuparse.
Después de un largo silencio y un suspiro su padre le contestó:
- ¿Acaso ya se te olvidó que yo sufro cuando tu sufres? ¿O que soy feliz cuando tú también lo eres? – dijo él.
Alicia sintió un dolor muy agudo en su pecho. Como si una flecha le atravesara el corazón.
- No papá. No lo he olvidado.– respondió, sollozando.
- Te llamo para recordarte de aquella promesa que hiciste cuando eras una niña. La promesa de que nunca encerrarías tus sueños tras las paredes de un castillo como lo hacemos muchos. La promesa de que lucharías contra viento y marea con tal de realizar tus sueños....
- Si papá. Recuerdo muy bien mi promesa.
– Prometiste que cruzarías puentes, ríos, mares y océanos para que todos pudieran escuchar tu música. Yo no tengo miedo de que te vayas lejos de casa. ¿Porqué es que de repente tú tienes miedo? ¡Y no me digas que no es miedo porque te repito, yo siento lo que tu sientes! –. Recalcó él.
- Tengo miedo a perderme papá. A no encontrar mi camino de regreso a casa. A que deje de ser... YO – Dijo ella.
Su padre soltó una carcajada.
- ¡Eso nunca! ¿Me oyes? ¡Nunca te sucederá! ¿Y sabes por qué? ¡Porque eres mi hija y nunca permitiré que eso suceda! .
Alicia rió con él mientras razonaba las palabras de su padre. Tenía razón, pensó, todo lo que sabía se lo debía a sus padres. Todo el amor a su familia se lo debía a sus padres. El amor a su profesión, a la vida; también se lo debía a sus padres.
Después de colgar el teléfono, miró el escarabajo y decidió en ese momento ir a visitar a su mejor amiga. Buscó en el directorio telefónico por agencias de viaje y marcó un número...
- Si, quiero comprar un boleto de avión hacia...
A partir de ese día, durante su camino a su trabajo, Alicia ya no soñaba con visitar el mundo; ahora contaba los días en que su vuelo la llevaría a tierras lejanas y desconocidas. Alicia contaba los días en que sus sueños se harían una realidad.
Esta semana toca el turno a otra de mis alumnas de Técnicas Narrativas: Elena Camarillo Westbrook. La especialidad de Elena es escribir código de computadora, pero ahora se ha aventurado a escribir una novela basada la vida de su abuela paterna. Espero leer su novela pronto; por el momento los dejo con este relato breve que ha escrito Elena con motivo de NANOWRIMO.
Esta es la imágen que mandé:
La princesa de mi papá
Por Elena Camarillo Westbrook
Mi papá bucea por deporte. Pero no me ha enseñado a bucear. No es ambiente de mujeres, dice. Y creo que hoy me trajo porque mi cumpleaños número catorce es en dos semanas. Sentada en la proa de LA LIBELULA cuento las langostas que atrapa con sus amigos. En la popa José e Inspe fuman en silencio.
—Bájame el arpón José –, dice uno de los buzos que aparece en el agua–. Vamos a aprovechar. Anda una caguama muy mansita.
—¿Qué piensa? —Le pregunta José a Inspe. A Inspe y su jefe los invitaron a última hora, cuando se los encontraron en la playa y estábamos a punto de zarpar. No sé si está mareado, aburrido, o de mal humor, pero es obvio que no quiere estar aquí.
—Usted sabe lo que pienso. De seguro hasta el Jefe fue el de la idea.
Al cabo de algunos movimientos y burbujas en el agua, los buzos suben a LA LIBELULA una caguama atravesada con el arpón. Mueve sus aletas. La hacen que deje de aletear cuando llegamos al campamento. La destazan. Meten el corazón y el hígado a cocerse en agua hirviendo con sal. Los cortan en cuadritos cuando ya están cocidos y se los comen de botana con chile y limón. En otra olla ponen su carne y aletas con especias y verduras a cocer a llama baja. A las langostas las parten a la mitad y las asan en papel aluminio con ajo y mantequilla.
A mi mamá no le gusta el marisco. Prepara sándwiches de pavo para ella y sus hijos. Inspe le pide uno. Aunque todavía parece incomodo, me sonríe cuando lo veo caminar rumbo al estacionamiento. Le devuelvo la sonrisa.
— No le gusta la caguama ni la langosta ¿verdad? A mi tampoco.
—Están en veda —. Me dice, sin dejar de caminar.
En la puerta de su camioneta hay un letrero que dice Inspectores. Comisión Nacional de Pesca.
Me pregunto ¿habrá escuchado mi mamá? Y mi papá, ¿sabe?. Ahí está, comiendo su botana de caguama. Quiero alertarlo inmediatamente, pero cuando lo veo brindar con el Jefe no me cabe duda. Él sabe.
Se me quita el hambre. No quiero ver comer a nadie. Corro hacia donde están mis hermanos jugando en la playa. Su castillo de arena esta rodeado de una muralla con torres y un foso para evitar que sus enemigos entren a su reino.
No hace mucho que yo era princesa—la princesa de mi papá. Y estaba segura de que tenía poderes mágicos cuando aparecía y desaparecía monedas entre sus dedos. Ahora quiero que se indigeste, que se le salgan la caguama y la langosta de las tripas. Quiero que se le tuerzan los ojos con las miradas que ha puesto en muchachas con minifaldas idénticas a las que me ha hecho quitarme, y quiero que vomite los sermones que me da para recordarme lo que significa ser decente.
Lanzo piedras al mar siete, quince, cuarenta veces.
La noche llega y mi papá sigue platicando con sus amigotes. De seguro eructa el marisco cuando me salgo a escondidas de nuestra casita de campaña. Mis padres nunca me han dejado ir a una lunada de muchachos y ahora camino hacia la fogata donde están reunidos los jóvenes del campamento. Damián se sienta a mi lado. Lo conocí antier. Me encanta. Jugamos a la botella y nos castigan a él y a mí con besos. Son besos de cachete, luego de roce de labios y después ya son besos de esos de las telenovelas. Cuando menos me doy cuenta, hemos ignorado a la botella y estamos separados por parejas. Quiero más. Dejo que los dedos de Damián recorran mi cuello y brazos. Y después de más besos su lengua toca mis pezones. Sudo toda—por fuera y dentro.
Cuidado, si abres las piernas te pueden hacer un chamaco, me dice mi mamá a través de mi consciencia, como si supiera lo que estoy a punto de hacer. Que no, que ya no quiero seguir haciendo nada, me escucho decirle perturbada a Damián. Pero Damián parece no escucharme. Intenta bajar mis pantalones. Forcejeamos. Logro zafarme. Corro, no veo nada, solo brazas de la fogata. Tropiezo con una roca. Damián me alcanza y me tumba. No puedo gritar. Mis brazos se mueven en todas direcciones, golpeándolo, pero sollozo sabiéndome derrotada.
Una luz de una linterna apunta a nuestras caras.
—Déjala cabrón —. Dice mi papá.
Se me quita el peso de encima por haberme salvado de Damián, pero me aplasta el peso de la vergüenza y el arrepentimiento juntos. Lloro. Mi papá me ayuda a levantarme. Me ordena que me abotone la blusa. Pasa mi brazo sobre su hombro y su brazo sobre mi cintura. Caminamos así, abrazados, hacia nuestra casita de campaña. No vuelve a dirigirme la palabra.
Encontramos a mi mamá hincada, rezando. Se levanta rápidamente. Sus ojos están hinchados y sus labios tiemblan.
—¡Pendeja! Mira cómo traes las greñas. ¿Qué te hicieron?
Rompo en llanto.
—Contéstame — dice, zangoloteándome.
—Mañana platicamos —. Dice mi papá. La separa de mí y la saca de la casita.
Lloro. Lloro. No logro conciliar el sueño. Cuando finalmente se me acaban los sollozos finjo que duermo. Mi papá entra a la casita después de un rato. Se sienta a mi lado. Acaricia mi cabello. Me besa en la frente. Como por arte de magia me duermo.